Mirar hacia el virus

Jefe de las Unidades del Dolor del Hospital Sur, La Luz y Valle del Henares de Quirónsalud

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07.01.2022 - 09:30

Año nuevo… vida nueva, nuevos propósitos, nuevos proyectos, nuevas amistades, nuevos empleos, nuevas residencias… ¡Suena bien, eh! Vale, pues casi siempre son pompas de jabón. Así que mejor ponerse metas fáciles y avanzar mes a mes, semana a semana o mejor aún, día a día, hasta que llegue el 31 de diciembre próximo y nos veamos en idéntica tesitura.

El fatídico 2021 ha concluido, gracias a Dios, pero dejando el tintineo alarmante de la cola de serpiente pese haberle amputado la cabeza… Todavía el condenado muestra sus últimos estertores y se proyecta sobre el comienzo del esperanzador 2022, y lo denominan así quizá para sembrar de ilusión el nuevo camino y no tropezar de inicio.

Pero qué quieren que les diga, que no veo los “brotes verdes” que decía aquél, que para iniciar un cambio de tendencia habría que haber abandonado el saliente con una clara propensión a la baja y no solo no ha resultado así, sino que seguimos igual o parecido.

Creíamos que habíamos surcado todos los aleteantes abrazos marinos del proceloso océano de las pandemias, pero nos sorprendió Neptuno, con una nueva variante, Omicrón

Nos creímos hiperprotegidos como Aquiles tras ser bañados con la sangre de dragón de las vacunas pasada la variante Delta y nos vinimos arriba, osamos bajar la guardia, retirar las mascarillas, principal barrera al tratarse de virus respiratorios, acercamos en exceso posiciones, compartimos más de la cuenta y fue entonces cuando irrumpió la sexta ola, entrando en familias y negocios, paralizando la economía y condicionando la convivencia.

Creíamos que habíamos surcado todos los aleteantes abrazos marinos del proceloso océano de las pandemias, pero nos sorprendió Neptuno (o quizá fue Poseidón, según la corriente fuera romana o griega), con una nueva variante, Omicrón, esta sí, completamente helénica, que nos ha vuelto a golpear aunque con más piedad que sus precedentes, pero con semejante o incluso inferior reacción administrativa, que parecía no haber aprendido nada de lo anterior.

Las experiencias han de servirnos para extraer conclusiones y no solo para hacer nuevas muescas en el revolver o acumular fotos de los lugares exóticos o paradisíacos visitados durante unas vacaciones, adoptando tal o cual gesto, mueca o posición. Pero el bagaje es el cúmulo de pericias o destrezas adquiridas que podremos aplicar ante recidivas o repeticiones frente a idénticas o parecidas vivencias.

Caer dos veces en la misma piedra y no reaccionar demuestra estulticia manifiesta, torpeza máxima, inutilidad expresa, y no sirve tratar de hallar la singularidad del fenómeno, porque es el mismo, pero con otro nombre y leves concreciones, porque el monstruo apenas ha cambiado de apariencia, asusta igual aunque ataca menos, y sin embargo los protagonistas del cuento han sido tan imprudentes que han ignorado “los consejos de la abuelita” y han caído de nuevo en la trampa.

Si una conclusión podemos sacar es que habíamos izado bandera muy pronto, que habíamos proclamado la victoria sobre un mal silencioso e invisible cuando aún el enemigo estaba entre nosotros

La ocasión ha venido pintiparada para los ignorantes, que no parecen saber nada de estrategia ni de táctica, obviando que al monstruo es mejor combatirlo con arma alguna o al menos usando el terreno, la distancia y la oportunidad en nuestro favor que a pecho descubierto, hasta que la ciencia descubra como batirlo en la distancia sin necesidad de llegar al cuerpo a cuerpo de hospitales y UCIs.

Dicen los entendido del “séptimo arte” que la película “Mirar hacia arriba” es una alegoría del cambio climático que se nos viene encima cual meteorito, aunque algún crítico ha reinterpretado que servía igual para explicar la actual pandemia, que ha estallado y hecho estragos en según qué países y grupos de edad, porque el resto de condiciones se las pasó por el forro.

En verdad hubo advertencias, ciertos medios avisaron, algunos científicos nos previnieron, pero al final el tsunami atacó con una virulencia prolongada e insospechada y las víctimas se multiplicaron, provocando el éxtasis de sociedades solo acostumbradas a enterrar esporádicamente por decenas a víctimas de accidentes y que, de la noche a la mañana, hubo de hacerlo con centenares por causa de la pandemia cada día durante meses.

Si una conclusión podemos sacar es que habíamos izado bandera muy pronto, que habíamos proclamado la victoria sobre un mal silencioso e invisible cuando aún el enemigo estaba entre nosotros, cuando ya habíamos dejado de mirar al virus y anhelábamos otear un nuevo horizonte libre de riesgos.

Como propósito de nuevo año está muy bien, pero ¡háganse un favor: sigan mirando por el retrovisor! “No pierdan la perspectiva”, porque el virus puede aún asirles cuando y por donde menos se lo esperen.

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