Protección frente al SARS-CoV-2

Más allá de los anticuerpos: ¿qué tipos de inmunidad genera nuestro organismo?

La inmunidad que se desarrolla contra el SARS-CoV-2 no se centra solo en los anticuerpos. El papel que juegan la inmunidad humoral y celular son claves en la protección continuada frente al virus.

Muestras de sangre de pacientes infectados por el SARS-CoV-2 (Foto. Freepik)
Muestras de sangre de pacientes infectados por el SARS-CoV-2 (Foto. Freepik)

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22.01.2022 - 00:00

El pasado 19 de enero el director del Instituto de Salud Carlos III, Cristóbal Belda, comunicaba los resultados del "Estudio Nacional de Sero-Epidemiología de la Infección por SARS-CoV-2" (ENE-Covid). La principal conclusión expuesta señala que “claramente existe un incremento en el número de anticuerpos que se genera en las personas que reciben una tercera dosis. Este aumento es común a personas que han pasado y que no han pasado la infección”. Unos anticuerpos que “tienen funcionalidad frente a la variante Ómicron elevando la eficacia hasta en 10 veces frente a la no inmunización con la tercera dosis”.

El descenso de la inmunidad generada tanto por la infección natural por SARS-CoV-2 como a través de las distintas vacunas que actualmente se están inoculando contra la Covid-19, es una de las grandes preocupaciones en la lucha contra el coronavirus.

Cada vez son más las voces que solicitan el desarrollo de vacunas que ofrezcan una inmunidad más robusta y duradera, pero hasta que esto se produzca, las estrategias basadas en la administración de refuerzos cada cierto tiempo parecen ser el camino a seguir. Un sistema criticado por científicos e incluso por la propia Agencia Europea del Medicamento (EMA, por sus siglas en inglés) que afirmaba recientemente que la administración repetida de refuerzos en personas sanas con intervalos cortos podría reducir los niveles de anticuerpos.

Lo cierto es que no debemos focalizarnos únicamente en los anticuerpos si hablamos de la inmunidad con la que contamos a la hora de defendernos de la Covid-19. Lo primero que debemos tener claro es qué es la inmunidad: “Es la capacidad de resistir una enfermedad infecciosa. Se desarrolla cuando las células del sistema inmunitario se encuentran con un patógeno como un virus o bacteria, elaborando una respuesta inmunitaria capaz de combatir con éxito”. Un proceso que puede originarse tanto por infección natural como por la inoculación de vacunas.

Tal como explican desde Gavi: la Alianza para las vacunas, existen dos tipos generales de respuesta inmune:

  • Respuestas innatas

Estas se activan desde el momento en el que se produce la infección y son las mismas independientemente del tipo de agente invasor del que se trate. Incluyen barreras físicas (como la piel), así como las actividades de las células inmunitarias (como los macrófagos y las conocidas como “células asesinas naturales”) que tienen como objetivo contener a los invasores mientras se desarrollada la respuesta inmunitaria adaptativa.

Una vez la infección ha sido controlada o el proceso generado por la vacuna, algunos linfocitos B sobreviven y cuentan con capacidad para secretar anticuerpos lo que los posiciona como un elemento fundamental de nuestra memoria inmunitaria humoral

Esta es más específica y alerta a otras células inmunitarias sobre su presencia. En algunos casos, una respuesta innata robusta es suficiente para contener y eliminar el patógeno invasor antes de que se activen las respuestas adaptativas.

  • Respuestas adaptativas

Se dirigen a patógenos específicos o sustancias extrañas. Pueden tardar varios día en desarrollarse e implican dos tipos de células:

Células B inmunitarias: ayudan a “cazar” a los invasores que circulan en el torrente sanguíneo mediante la producción de anticuerpos, proteínas que pueden unirse, por ejemplo, a partículas virales y neutralizarlas o “marcarlas” para que otras células inmunitarias las destruyan. Lo que conocemos como “inmunidad humoral”.

Células T: buscan y destruyen las células que han sido infectadas por el patógeno invasor al reconocer proteínas reveladoras en su superficie. Las células T también apoyan a las células B lo que ayuda a controlar la respuesta de los anticuerpos. Lo que conocemos como “inmunidad celular”.

La inmunidad que se desarrolla contra el SARS-CoV-2 va mucho más allá de los anticuerpos. El papel que juegan la inmunidad humoral y celular son claves en la protección continuada frente al virus. Una vez la infección ha sido controlada o el proceso generado por la vacuna, algunos linfocitos B sobreviven y cuentan con capacidad para secretar anticuerpos lo que los posiciona como un elemento fundamental de nuestra memoria inmunitaria humoral.

Según transcurre el tiempo la cantidad de anticuerpos disminuye y, en muchas ocasiones, pueden incluso ser indetectables. Hecho que no significa que la persona en cuestión se encuentra desprotegida ante una posible infección. Al igual que sucede con los linfocitos B, parte de los linfocitos T citotóxicos sobreviven y forman nuestra memoria inmunitaria celular

Según transcurre el tiempo la cantidad de anticuerpos disminuye y, en muchas ocasiones, pueden incluso ser indetectables. Hecho que no significa que la persona en cuestión se encuentra desprotegida ante una posible infección. Al igual que sucede con los linfocitos B, parte de los linfocitos T citotóxicos sobreviven y forman nuestra memoria inmunitaria celular. Cabe señalar que una de las principales ventajas que nos ofrece la inmunidad celular es que es capaz de reconocer proteínas del patógeno que no puede mutar con tanta facilidad como sí lo hace con las presentes en los antígenos de su superficie, puesto que cumplen funciones esenciales para el patógeno.

INMUNIDAD Y VACUNACIÓN CONTRA LA COVID-19

Los procesos explicados a lo largo de las líneas anteriores son los habituales en caso de infección. Lo cierto es que difieren muy poco si hablamos del mecanismo que ponen en marcha las vacunas una vez han sido inoculadas en nuestro organismo.

La mayoría de las vacunas tienen como objetivo estimular el desarrollo de células B productoras de anticuerpos y las células T auxiliares que respaldan la producción de anticuerpos. También pueden promover el desarrollo de células T asesinas que se dirigen a las células infectadas.

Actualmente son cinco las vacunas a las que la Comisión Europea ha concedido la autorización condicional de emergencia, tras recibir luz verde por parte de la EMA. Las dos primeras fueron las desarrolladas por Pfizer/BioNTech y Moderna, ambas de tecnología de ARNm. Utilizan ARNm modificado genéticamente para ofrecer a las células instrucciones sobre cómo producir la proteína de espícula que se encuentra en la superficie del SARS-CoV-2.

Las siguientes vacunas autorizadas fueron las desarrolladas por AstraZeneca y Janssen, ambas en base a vectores virales. El suero de AstraZeneca utiliza un vector viral de chimpancé no replicativo basado en una versión debilitada de un virus del resfriado común (adenovirus) que causa infecciones en los chimpancés y contiene el material genético de la proteína de la espícula del virus SARS-CoV-2. Después de la vacunación, se produce la proteína superficial de la espícula, lo que prepara al sistema inmunitario para atacar al virus SARS-CoV-2 si posteriormente infecta al organismo.

En el caso de la vacuna de Janssen es un suero de vector vírico que vehiculiza dentro de un virus inofensivo diferente al coronavirus la información genética necesaria para que el cuerpo humano produzca anticuerpos/respuesta inmune frente a la proteína S del SARS-CoV-2.

La última vacuna en ser autorizada ha sido Novavax. Se basa en nanopartículas proteicas recombinantes. Contiene diminutas partículas creadas a partir de una versión de una proteína que se encuentra en la superficie del SARS-CoV-2, coronavirus que causa la Covid-19, que se ha producido en laboratorio. El suero contiene además adyuvante, una sustancia que ayuda a reforzar la respuesta inmunitaria de la vacuna.

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