Tiempos metamodernos

Jefe de las Unidades del Dolor del Hospital Sur, La Luz y Valle del Henares de Quirónsalud

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11.11.2022 - 09:35

Corría el año 1936 cuando el genio del cine mudo Charles Chaplin rodaba “Tiempos modernos”, un distópico film sobre la “alienación” y la explotación, la deshumanización de la sociedad industrializada y sugiriendo la necesidad de una “alineación” o alianza contra esas fuerzas todopoderosas que gobiernan por encima de ciudades, regiones, países, continentes y por encima de sus respectivos gobernantes o quienes creen gobernar u ostentar el poder.

Han tenido que pasar 86 años para que estemos en condiciones de pedir auxilio ante una nueva ola, si bien está adquiriendo más la intensidad de un tsunami, de postmodernidad virtual y disruptiva que han quedado en llamar “metaverso”.

Permítanme que recurra a un experto en esta materia, Víctor Javier Pérez García, codirector del MetaEx del ISDI, para definir este nuevo ámbito: “red de muchos mundos virtuales tridimensionales utilizados a tiempo real y que pueden ser experimentados al tiempo por un nº ilimitado de personas, quienes tendrán la sensación de presencia y adquirirán una identidad virtual con su avatar”.

No sé cómo se les habrá quedado el cuerpo, pero añadan otros conceptos que tampoco les dejarán indiferentes: la realidad extendida que, según el mismo experto, abarca a la realidad virtual, asociada a la capacidad de inmersión; la realidad aumentada, relacionada con la superposición; y la realidad mixta, integración por la mezcla de universos físicos y digitales que facilita interacciones 3D naturales e intuitivas.

En un futuro quimérico tal vez sea posible trasferir nuestras dolencias a un sufrido avatar capaz de soportar presiones, torsiones y tracciones múltiples sin rechistar

Podría aparentar una firme seguridad y confianza en lo que acabo de exponer, pero sería la misma que si hablara de física cuántica o reacciones termonucleares. Pero cuando te dicen que la vida real va a pasar a ser virtual y que todo aquello que disfrutábamos de forma tangible gracias a unos aparatos o artificios modernos pasará a ser etéreo, me recuerda aquella situación burlesca con Sancho en «El Quijote», “…lo verás, pero no lo catarás”.

Para un lego en informática oír hablar de tridimensionalidad, identidad virtual, interoperabilidad, digitalización, blockchain, 3D, etc., a buen seguro es como para un informático escuchar al médico hablar de necrosis avascular, radiofrecuencias o neuralgia del glosofaríngeo, porque cada uno tenemos nuestro argot y una pequeña parcela de conocimiento donde sembrar nuestras semillas, que son las que a posteriori nos darán de comer.

Ahora, cuando te dicen que todo acabará convergiendo o transitando por esa virtualidad, lo que uno tiene es la sensación de evasión de la vida real, como si no fuera lo suficientemente satisfactoria para vivirla sin buscar salidas de emergencia o escape. Sí, ya lo sé, hay que adaptarse para sobrevivir, saber coger el tren de la evolución, no quedar rezagado, pero todo a su tiempo y a su velocidad.

Cierto que muchas de estas tecnologías tienen su traslación al mundo real, especialmente al sanitario, y están permitiendo avances exponenciales sobre lo que conocemos hoy día y que a buen seguro no solo mejorarán las condiciones de vida, el comercio, los intercambios, sino que darán al traste con problemas, trabas y patologías que a día de la fecha son irresolubles e incluso mortales de necesidad. En un futuro quimérico tal vez sea posible trasferir nuestras dolencias a un sufrido avatar capaz de soportar presiones, torsiones y tracciones múltiples sin rechistar.

En materia de salud, gracias a la Inteligencia Artificial, se está progresando mucho en la formación continuada, en simulación de contingencias, de urgencias, en las prácticas de cirugía para sanitarios neófitos, en las implantaciones de nuevos materiales generados en 3D, en las intervenciones a distancia por expertos consumados, en la creación de nuevos medicamentos… Todo eso es cierto.

Todo cambio ha de ser progresivo, paulatino, debe incorporarse de manera espontánea, sutil, sin forcejeos, aplicando una transición amable que permita adaptarnos

Pronto dispondremos de conocimiento cierto, inmediato y personalizado. Pero ¿qué ocurre si me topo de repente con un replicante mío (destinado a penosas tareas y compromisos) que se inmiscuye en mi parcela privada? ¿Quién de los dos es el verdadero yo?¿Quién sufre?¿Quién observa?

Les digo mi verdad: un buen plato de cocido, visitar un país ignoto, oler un campo florido, ver un cuadro en su museo, pasear por la montaña, bañarse en la playa, besar a un ser querido ingresado en un hospital, reunirnos con los amigos a cenar o acariciar a una mascota, no tienen parangón. No hay gafas de realidad virtual, aumentada o mixta de jamón y queso que supla todas esas sensaciones.

Quizá haya un mercado en ciernes para todos los que hablan de estos tiempos metamodernos donde todo será efímero, donde se supla el contacto físico, táctil, visual por la conexión digital, las imágenes virtuales por las sensaciones captadas en vivo por nuestros sentidos y, aunque es verdad que descender en canoa por una cascada o hacer “puenting” genera bastante vértigo, impresiona mucho más en vivo y en directo que en simulación.

Todo cambio ha de ser progresivo, paulatino, debe incorporarse de manera espontánea, sutil, sin forcejeos, aplicando una transición amable que permita adaptarnos, porque todo lo que crece con la efervescencia de la espuma o la potencia de un cohete espacial… corre el riesgo de precipitarse con idéntica violencia en sentido contrario contra el suelo.

Y entonces y solo entonces volverán a la tradición de la consulta presencial, trenzando complicidades y usando todos los canales perceptivos para detectar el origen de las dolencias. Pero igual para entonces solo habrá un robot C2-PR4 que les responda… “¡Su diagnóstico, gracias!

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