La obesidad se ha triplicado en los últimos 30 años

En 2016, más de 1900 millones de adultos de 18 o más años tenían sobrepeso, de los cuales, más de 650 millones eran obesos.

La investigación comparó los niveles de metilación del genoma en individuos con obesidad mórbida
12 noviembre 2017 | 00:00 h
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La obesidad se ha convertido en uno de los desafíos de salud pública que más urge resolver. Desde 1975 ha triplicado su incidencia, según la Organización Mundial de la Salud. En 2016, más de 1900 millones de adultos de 18 o más años tenían sobrepeso, de los cuales, más de 650 millones eran obesos. Otra cifra preocupante indica que el número de niños y adolescentes obesos en el mundo se ha multiplicado por diez en las últimas cuatro décadas, según el mayor estudio realizado sobre la materia y que revela que, si la tendencia no cambia, en cinco años habrá más jóvenes con sobrepeso que por debajo del peso adecuado.

Si bien el sobrepeso y la obesidad se consideraban antes un problema propio de los países de ingresos altos, actualmente ambos trastornos aumentan en los países de ingresos bajos y medianos, en particular en los entornos urbanos. En África, el número de menores de 5 años con sobrepeso ha aumentado cerca de un 50% desde el año 2000. En general, además, hay más personas obesas que con peso inferior al normal. Ello ocurre en todas las regiones, excepto en partes de África subsahariana y Asia.

Precisamente, la causa fundamental del sobrepeso y la obesidad, como recuerda la OMS, es un desequilibrio energético entre calorías consumidas y gastadas.  A nivel mundial ha aumentado la ingesta de alimentos que son ricos en grasa. Y ha descendido la actividad física debido a la naturaleza cada vez más sedentaria de muchas formas de trabajo, los nuevos modos de transporte y la creciente urbanización.

Si bien el sobrepeso y la obesidad se consideraban antes un problema propio de los países de ingresos altos, actualmente ambos trastornos aumentan en los países de ingresos bajos y medianos, en particular en los entornos urbanos

A menudo los cambios en los hábitos alimentarios y de actividad física son consecuencia de cambios ambientales y sociales asociados al desarrollo y de la falta de políticas de apoyo en sectores como la salud, la agricultura, el transporte; la planificación urbana, el medio ambiente, el procesamiento, distribución y comercialización de alimentos, y la educación.

¿CUÁLES SON LAS CONSECUENCIAS COMUNES?

Las consecuencias de estos hábitos poco saludables derivan generalmente en un IMC elevado, con el consecuente alto riesgo de enfermedades no transmisibles como las enfermedades cardiovasculares las enfermedades cardiovasculares (principalmente las cardiopatías y los accidentes cerebrovasculares), que fueron la principal causa de muertes en 2012; la diabetes; los trastornos del aparto locomotor (en especial la osteoartritis, una enfermedad degenerativa de las articulaciones muy discapacitante); y algunos cánceres como el de endometrio, mama, ovarios, próstata, hígado, vesícula, riñones y colon.

La obesidad infantil tampoco está exenta de riesgos para la salud, ya que se asocia con una mayor probabilidad de muerte prematura y discapacidad en la edad adulta. Además de estos mayores riesgos futuros, los niños obesos sufren dificultades respiratorias, mayor riesgo de fracturas e hipertensión, y presentan marcadores tempranos de enfermedades cardiovasculares, resistencia a la insulina y efectos psicológicos.

Pese a todo, en el día mundial contra esta patología, que se celebra este domingo, es necesario recordar que el sobrepeso y la obesidad, así como las enfermedades no transmisibles vinculadas, pueden prevenirse en su mayoría. Son fundamentales unos entornos y comunidades favorables que permitan influir en las elecciones de las personas, de modo que la opción más sencilla (la más accesible, disponible y asequible) sea la más saludable en materia de alimentos y actividad física periódica, y en consecuencia prevenir el sobrepeso y la obesidad.

En el plano individual, las personas pueden optar por limitar la ingesta energética procedente de la cantidad de grasa total y de azúcares, aumentar el consumo de frutas y verduras, así como de legumbres, cereales integrales y frutos secos; y realizar una actividad física periódica (60 minutos diarios para los jóvenes y 150 minutos semanales para los adultos).

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