Infección natural y vacunas

¿Qué dice la evidencia científica sobre la duración de la inmunidad frente a la Covid-19?

El corto periodo de relación del SARS-CoV-2 con el ser humano, hace que se desconozca aún la duración de la memoria inmune y la inmunidad protectora después de la Covid-19 y tras la vacunación.

Científico analizando muestras en un microscopio (Foto. Freepik)
Científico analizando muestras en un microscopio (Foto. Freepik)

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29.12.2021 - 00:00

¿Cuánto dura la inmunidad frente a la Covid-19? Nos encontramos ante una pregunta cuya respuesta varía, en función de la creciente evidencia científica, de si hablamos de la generada tras superar una infección natural o si es el resultado de la vacunación con alguno de los sueros aprobados para su comercialización de emergencia por la Unión Europea.

Lo primero que debemos tener en cuenta antes de responder a esta pregunta es que el corto periodo de relación del SARS-CoV-2 con el ser humano hace que se desconozca aún la duración de la memoria inmune y la inmunidad protectora tras superar la enfermedad y como respuesta a las vacunas. A continuación se ofrece la evidencia recopilada por el Ministerio de Sanidad al respecto en el documento “Información sobre la inmunidad frente a Covid-19”.

En la fase de memoria de una respuesta inmune, las células B y T que son específicas de SARS-CoV2 se mantienen en un estado de reposo o latencia, pero están listas para entrar en acción si vuelven a encontrar el virus o una vacuna que lo represente de una forma muy rápida. Estas células B y T de memoria surgen de células activadas en la reacción inmunitaria inicial.

Las células experimentan cambios en su ADN cromosómico, denominadas modificaciones epigenéticas, que les permiten reaccionar rápidamente (en pocos días) a una infección e impulsar respuestas encaminadas a eliminar el agente causante de la enfermedad. Las células B tienen un papel doble en la inmunidad, por un lado pueden comportarse como células presentadoras de antígeno, reconociendo proteínas virales y presentándolas a los linfocitos T, favoreciendo su activación.

Por otro lado, pueden diferenciarse a células productoras de anticuerpos (células plasmáticas) o a linfocitos B memoria. Podemos diferenciar dos tipos de células plasmáticas: las de vida corta y las de vida larga. Las células plasmáticas de corta vida, como su nombre indica, suelen durar poco tiempo (semanas o pocos meses), se suelen generar en respuestas extrafoliculares, producen anticuerpos de forma rápida tras la activación por el antígeno y juegan un papel clave en la contención del patógeno durante los primeros días tras la infección. Por su parte, las células plasmáticas de larga vida pueden durar meses o años, se suelen alojar en la médula ósea y órganos linfoides secundarios y se suelen generar tras la reacción de centro germinal.

En la fase de memoria de una respuesta inmune, las células B y T que son específicas de SARS-CoV2 se mantienen en un estado de reposo o latencia, pero están listas para entrar en acción si vuelven a encontrar el virus o una vacuna que lo represente de una forma muy rápida. Estas células B y T de memoria surgen de células activadas en la reacción inmunitaria inicial

Producen anticuerpos de forma continua sin la necesidad de interacción con el antígeno y son las responsables de mantener los títulos de anticuerpos en el suero. Por ello, para muchos autores, la presencia en la médula ósea de células plasmáticas de larga duración que secretan anticuerpos constituiría el mejor predictor disponible de inmunidad de larga duración.

En un estudio realizado en 19 individuos convalecientes de Covid-19, se encontraron estas células que secretaban anticuerpos específicos para la proteína de la espícula en la médula ósea de 15 de ellos, siete meses después de la infección. Los cuatro casos en los que no se encontraron eran casos con bajos títulos de anticuerpos y que probablemente tenían células plasmáticas de larga vida en cantidades inferiores al límite de detección de la prueba. Cuatro meses después (11 meses tras la infección) los investigadores repitieron el experimento y observaron que se mantenían estables en todos menos uno de los individuos analizados.

La cantidad de estas células plasmáticas encontradas se asemejaba con la que se encuentra en los individuos después de la vacunación contra el tétanos o la difteria, que se relaciona con inmunidad a largo plazo contra esas enfermedades.

Por otra parte, se ha observado que las concentraciones de anticuerpos contra el SARS-CoV-2 en el suero sanguíneo de los individuos durante un año, presenta un patrón bifásico. En la respuesta inmune aguda alrededor del momento de la infección inicial, las concentraciones de anticuerpos son altas. Posteriormente disminuyen, lo que se relacionaría con la desaparición de las células plasmáticas de la fase aguda, ya que son de corta duración.

La vacunación aumentó todos los componentes de la respuesta humoral. También se observó en los vacunados una actividad de neutralización del suero contra variantes de interés similar o mayor que la actividad neutralizante contra la cepa Wuhan Hu-1 original

Después de unos meses, las concentraciones de anticuerpos se estabilizan y permanecen más o menos constantes en el 10-20% de la concentración máxima observada en fase aguda; estos anticuerpos son los producidos por las células plasmáticas de larga vida.

Estos resultados son similares a los observados en otras infecciones virales, en los que la memoria inmunitaria en personas convalecientes o vacunadas es estable durante décadas, si no durante toda la vida. En una cohorte de 188 casos, las células plasmáticas de larga vida específicas para la región RBD de la proteína de la espícula y la nucleocápside fueron detectables en el 100% de los sujetos a los 6 meses o más después de la infección.

En particular, aumentaron con el tiempo, con más células a los seis meses que al mes de la infección. Además a los seis meses, las células no sólo habían aumentado en número sino que habían experimentado una maduración por afinidad y expresaron anticuerpos neutralizantes de mayor potencia.

En una cohorte de 63 individuos recuperados de Covid-19, en la que además el 41% había recibido una pauta vacunal de ARNm, se evaluó la respuesta inmune a los seis y 12 meses. En ausencia de vacunación, los niveles de anticuerpos que reconocen el RBD del SARS-CoV-2, la actividad neutralizante y el número de células plasmáticas específicas de RBD permanecieron relativamente estables entre seis y 12 meses después de la infección.

La vacunación aumentó todos los componentes de la respuesta humoral. También se observó en los vacunados una actividad de neutralización del suero contra variantes de interés similar o mayor que la actividad neutralizante contra la cepa Wuhan Hu-1 original.

El mecanismo subyacente a estas respuestas de base amplia implica la mutación somática de anticuerpos en curso, el recambio clonal de las células B memoria y el desarrollo de anticuerpos que son excepcionalmente resistentes a las mutaciones RBD del SARSCoV-2, incluidas las que se encuentran en las variantes de interés. Además, los clones de células B que expresan anticuerpos neutralizantes se retienen selectivamente en el repertorio a lo largo del tiempo y se expanden notablemente después de la vacunación.

Del mismo modo, se han descrito anticuerpos monoclonales dirigidos a la glicoproteína S del SARS-CoV-2, identificados a partir de las células B de memoria de un individuo que fue infectado con el coronavirus del síndrome respiratorio agudo severo (SARS-CoV) en 2003.

En conclusión, y a la espera de nuevos estudios, con los datos disponibles hasta ahora, es muy probable que la inmunidad en los individuos convalecientes de Covid-19 y vacunados frente a SARS-CoV-2, sea muy duradera. En el momento actual, hay evidencias de que supera claramente el año.

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