LUCHARON CONTRA EL ESTIGMA DE LA LEPRA

El Consejo General de Enfermería pide que concedan el Nobel de la Paz a dos enfermas austríacas

Marianne Stöger y Margaritha Pissarek, enfermeras austríacas, llegaron a Corea del Sur en los años 60 para atender a más de 6.000 pacientes afectados por la lepra, y allí permanecieron 40 años, hasta que su estado de salud las obligó a regresar.

Marianne Stöger y Margaritha Pissarek, enfemeras austríacas para las que se pide el Nobel de La Paz
Marianne Stöger y Margaritha Pissarek, enfemeras austríacas para las que se pide el Nobel de La Paz

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01.04.2019 - 11:30

En los años 60, dos enfermeras austríacas, Marianne Stöger y Margaritha Pissarek, llegaron a la Isla de Sorok, en Corea del Sur, para atender a los pacientes afectados por la Enfermedad de Hanssen, más conocida como lepra. Apenas habían cumplido los veinte años y ese viaje marcaría sus vidas para siempre.

Su estancia en Sorok se prolongó más de 40 años en el caso de Marianne, que fue la primera en llegar, en 1962, y 39 en el de Margaritha, que acudió cuatro años después. Ahora, el Consejo General de Enfermería se suma a la iniciativa puesta en marcha por la Asociación Coreana de Enfermeras para conseguir un millón de firmas y postular a Marianne y Margaritha como candidatas al Nobel de la Paz.

Con el objetivo de dar a conocer la historia de estas dos enfermeras, la Asociación Coreana de Enfermeras ha elaborado un documental que cuenta cómo llegaron a la isla, cuál fue su labor y cómo en 2005, ya mayores y debido a su estado de salud, decidieron regresar a su país natal para no ser una carga. Hoy, ese vídeo ha sido adaptado por el Consejo General de Enfermería y puede verse subtitulado al español. 

En la isla eran conocidas como "ángeles de ojos azules" o "ángeles de Sorok"

Su llegada a la isla, no pasó desapercibida, tanto es así que, en poco tiempo, los medios de comunicación se referirían a ellas como “ángeles de ojos azules” o “ángeles de Sorok”. En aquella época, los pacientes afectados por la enfermedad de Hanssen eran considerados “malditos”, vivían recluidos, eran esterilizados y obligados a realizar trabajos forzosos. Además, los profesionales sanitarios encargados de su cuidado, mantenían un distanciamiento físico y emocional que Marianne y Margaritha no estaban dispuestas a perpetuar.

Frente a las múltiples capas de guantes que otros profesionales empleaban para atender sus heridas, ellas tocaban a los enfermos con sus manos desnudas, sin importarles las úlceras de su piel o deformidades. Y eso, a pesar de que entonces se pensaba que la lepra era una enfermedad infecciosa.

El hecho de que se considerara que era una enfermedad transmisible por el simple contacto de la piel, llevó a que los hijos de los enfermos fueran separados de sus padres y llevados a centros de acogida. Después, sólo se permitían encuentros organizados, puntuales y sin que hubiera contacto físico. Los padres se colocaban a un lado y los niños a otro y siempre de espaldas al viento, para evitar el contagio. Precisamente, estos niños fueron el motivo por el que Margaritha llegó a la isla. Allí, recuerdan, asumió no solo su papel de enfermera sino también de madre e intentó dar a estos niños el cariño del que habían sido privados.

"Este galardón reconocería la profesión de enfermería en su conjunto"

Para  Florentino Pérez Raya, el presidente del Consejo General de Enfermería, “la entrega de Marianne y Margaritha es un claro ejemplo de sacrificio y vocación, valores que definen nuestra profesión y a los que, desgraciadamente, en la sociedad actual no siempre prestamos la atención que merecen. Su trabajo, además, fue decisivo para acabar con el estigma asociado a la lepra. Desde el Consejo General, apoyamos esta iniciativa de nuestras colegas coreanas y esperamos contribuir a su difusión dentro y fuera de España para llegar al millón de firmas que lleve a que estas enfermeras se postulen como candidatas al Premio Nobel de la Paz. Este reconocimiento iría más allá de lo personal porque, además de la labor de Marianne y Margaritha, se reconocería la profesión de enfermería en su conjunto”.

Cuando Marianne y Margaritha llegaron a la isla, el volumen de pacientes ascendía a los 6.000, y en el momento de su partida, se había reducido a 600. Durante los 40 años que permanecieron allí, sólo regresaron a Austria puntualmente, viajes que aprovecharon para recaudar fondos que les permitieran comprar medicamentos y construir instalaciones para los enfermos de Sorok.

UN RETORNO DIFÍCIL

En 2005, ya mayores y con su salud mermada, decidieron regresar definitivamente a su país natal y lo hicieron con la discreción y la humildad que había caracterizado sus vidas, dejando una carta de agradecimiento por todo el cariño y respeto que habían recibido.

Su vuelta a Austria no fue fácil. Marianne tuvo que enfrentarse a un cáncer de colon por el que ha sido operada tres veces y Margaritha padece Alzheimer, una enfermedad que confunde sus pensamientos, pero que no le ha hecho olvidar su etapa en Sorok, un tiempo de entrega y sacrificio que, para ambas, ha sido la mejor de sus vidas.

El Nobel es un galardón que se concede siempre en vida. Por ello, el Consejo General de Enfermería de España ha querido respaldar esta iniciativa de la Asociación Coreana de Enfermeras y así movilizar tanto a profesionales como a población general para que apoyen con su firma esta petición y Marianne y Margaritha sean tenidas en cuenta para su nominación al Premio Nobel de la Paz

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