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Adherencia Terapéutica

Alfonso VidalJefe Unidad del Dolor Hospital Quirónsalud Sur de Alcorcón

4 min

13.01.2017 - 17:00

La prescripción no es un antojo, ni una voluntad del médico, ni del paciente; es el resultado de un proceso diagnóstico, valoración de opciones y elección de la más idónea y persigue, con la mayor certeza posible, la eficiencia, es decir, el mayor logro con el menor esfuerzo. De otra parte, no siempre ha coincidido la dosificación prescrita por los profesionales con la propuesta por el laboratorio, pues ello forma parte del ajuste personalizado.

"¡Ojo, también el incumplimiento genera efectos secundarios añadidos a la patología previa!"
Los avances en la medicina han logrado signar de manera precisa los tratamientos y evitar múltiples efectos secundarios, cuando no ingestas superfluas. Bien es cierto que la adherencia de alguien muy medicado por reunir muchas patologías, algunas crónicas, requiere entendimiento y confianza, que no se suponen siempre. En el caso del paciente eventual, intolerante al sufrimiento y que desea la inmediatez, sería casi exigible contractualmente, si no fuera porque no hay terapia obligatoria alguna, sino sólo recomendación. Sin embargo, hay incumplimiento terapéutico de pacientes que no valoran los efectos secundarios de tales decisiones, descreídos con el diagnóstico, con la posología, duración e intensidad del tratamiento, acordes al estado del paciente. Puede que éste no comprenda las instrucciones para repartir tanta medicación. Esto ha generado no pocos stocks domiciliarios de fármacos, muchos de los cuales caducan por desuso ¡Ojo, también el incumplimiento genera efectos secundarios añadidos a la patología previa!


¡No, no es una cuestión de paternalismo! La OMS considera la falta de adherencia un tema capital de salud pública con consecuencias negativas, como fracasos terapéuticos, incremento en las tasas de hospitalización y de los costes sanitarios. Algunas estimaciones apuntan que entre un 20% y un 50% de los pacientes no consume las medicaciones prescritas, aunque la ratio de incumplimiento fluctúa mucho según la patología. El afán médico persigue que los pacientes alcancen el mayor nivel de salud posible y recuperen su equilibrio, su homeostasis, hasta lograr “calidad de vida”. Sin embargo, ésta, como concepto, la define cada persona según sus circunstancias, expectativas y necesidades.

El compromiso del sanitario le empuja a dar respuesta al conflicto, pero ¿dónde queda la responsabilidad del paciente que incumple el tratamiento propuesto? ¿Cabría pedirle responsabilidades al prescriptor o debieran centrarse más en el destinatario? Hay varios aspectos con los que el profesional de la medicina debe convivir. La desafección del propio paciente al perder la confianza en el médico que le atiende, por factores tanto endógenos como exógenos, y la búsqueda de segundas opiniones; el crédito que ganan terapias alternativas, unas milenarias, algunas contrastadas y otras cuestionadas; la ausencia de estudios fidedignos sobre esos tratamientos alternativos; el riesgo de avalar consejos domésticos, cotilleos, rumorología, sortilegios… suscitados en ciertas publicaciones y medios, incluidas webs de ética cuestionable, y que jamás suplirán el consejo médico “vis a vis”; y en algunos casos extremos, la imposibilidad de mantener el tratamiento por el coste de unos medicamentos que ya no son financiados ni total ni parcialmente por el Estado.

"Son necesarios el entusiasmo y la pasión del médico. La adherencia la consigue quien nos emociona"
Así las cosas, antes de que emerja la dolencia, desequilibrio o enfermedad, debemos educar a la población sobre los modos de conservar y potenciar la salud, incluyendo información comprensible para que el paciente pueda actuar responsablemente sobre las causas y trasformar los recursos a su alcance en medios para “ponerse buenos”. El médico ha de ser un administrador de recursos y medios, de praxis, del conocimiento sobre la enfermedad y los factores que puedan condicionarla. Dado que la relación médico-paciente es una más en la casuística social, como la del abogado-cliente, alumno-profesor, vendedor-comprador, etcétera, los vínculos afectivos quedan relegados por los exclusivamente profesionales, respetando las reglas de ese acuerdo tácito.

La opinión de uno prevalecerá como perito sobre la del otro, pero sin imposiciones, con sencillez y claridad. Son lazos inspirados en la confianza. La adherencia al tratamiento está basada en la información fluida que anticipa los resultados esperados y relativiza las expectativas. Disminuir el sufrimiento y la ansiedad, así como la impaciencia, tan habitual en las sociedades occidentales, realimenta la continuidad hasta el restablecimiento integral. En este caso el paciente empoderado, como decíamos recientemente, debe sentir seguridad, y corresponsabilidad, comprendiendo y aceptando lo diagnosticado y la terapia prescrita, preguntando ante la duda, sin dejar espacio a lagunas.

Han pasado muchos años desde la aprobación de la LEY 16/2003, de 28 de mayo, sobre cohesión y calidad del SNS, que establece la equidad, calidad y participación como objetivos comunes. En dicha norma, estos conceptos brillaban desde la escala social. La adherencia nos devuelve a la escala individual de la relación médico-paciente. Hay una realidad impepinable y es que hay gente que sana por la confianza que el médico le infundió, por la cercanía, la atenta y amable escucha, y la proximidad, lo que les inspira seguridad. Pero también son necesarios el entusiasmo y la pasión del médico, generando empatía y motivación sobre el paciente. En resumidas cuentas, creo que la adherencia la consigue quien nos emociona.

Alfonso Vidal
Jefe Unidad del Dolor Hospital Quirónsalud Sur de Alcorcón


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