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Rigor y mesura, ¡Por favor!

Alfonso VidalJefe Unidad del Dolor Hospital Quirónsalud Sur de Alcorcón

3 min

16.06.2017 - 17:36

Todos los excesos son malos y se pagan, pero algunos tienen consecuencias tóxicas. Habrá quien piense que me refiero a los excesos gastronómicos, a las comidas opíparas o pantagruélicas, bien regadas con ricos caldos y mejor rematadas con densos bebedizos, que generan no pocas acideces, cuando no problemas gastrointestinales… ¡Pero no, no van por ahí los tiros!
 

"En algunos círculos muy selectos a esta actitud se le llamaría injerencia; en otros pisar charcos; los más lo denominarían meter la pata; y aquellos de más allá hablarían de colarse en un jardín"

Otros quizá piensen que me refiero a los excesos vacacionales, esos donde gastamos hasta el aire que nos acaricia la frente; momentos de desfase deportivo tras no haber arrimado el hombro en toda la temporada más que al aparato de televisión para ver el partido del domingo, y claro, ahora vienen las agujetas, las lesiones o roturas musculo esqueléticas; de euforia con la pareja, tras apenas verse en todo el año, más que para darse las buenas noches… ¡Pero tampoco es esto!

Algún despistado puede elucubrar sobre los excesos nupciales, donde todo se hace poco: el banquete puede quedar escaso y hay que poner más cubiertos; o igual los comensales se quedan con hambre; o igual piden recenar a las tantas de la madrugada; o igual el vestido de novia no tiene suficientes metros de cola; o el chaqué del novio le cabía hace 4 meses y ahora no entra… ¡Pero nada, que no va la cosa por esos lares!

Me refiero a los excesos verbales o verborreicos, no por el uso excesivo de palabras al hablar, según reza su acepción, sino por el abuso de algunos usuarios de discursos que no le son propios, por no ser su materia prima y sobre la que tampoco muestran sapiencia ni doctorado alguno, aunque se permiten licencias por creerse revestidos de fama desde púlpitos elevados.

En algunos círculos muy selectos a esta actitud se le llamaría injerencia; en otros pisar charcos; los más lo denominarían meter la pata; y aquellos de más allá hablarían de colarse en un jardín. Sea como fuere, son situaciones que todos hemos vivido en primera, segunda o tercera persona, solo que en el caso inicial la dignidad, como la nobleza, nos obligaría a rectificar conforme al grado de penetración, siempre y cuando quien nos reconviniera estuviera dotado de razones contrastadas.

En mi última intervención, al hablarles de reputación digital les mencionaba la ética, la profesionalidad que debemos mostrar quienes nos dedicamos a la salud, y la necesidad de "medir cada palabra, cada mensaje, cada imagen, cada blog, cada tuit que se comparte" por la repercusión, la difusión y las interpretaciones diversas que se podían hacer desde fuera del ámbito sanitario por legos en la materia.
 


Obviamente no estaba pensando en presentadores de radio o televisión sin formación médica alguna cuando escribía estas líneas. Si determinados juicios u opiniones contrapuestas se vertieran por la boca de colegas sanitarios, podríamos entrar en un debate o discusión sobre la ciencia médica, donde expondríamos y cotejaríamos nuestros puntos de vista y, quién sabe, si al final los argumentos de la parte contraria ganarían a los nuestros o viceversa. ¡Ojo, desde la ciencia!

 

 

"Es tal la abominación que ni merece la pena repetirla, ni mucho menos significar al locutor, porque sería tanto como darle carta de naturaleza"

Pero cuando escuchas un simple juicio de valor, gratuito, viniendo de alguien que se permite la frivolidad de opinar de una materia que afecta a todo el ecosistema sanitario, no puedes sino llevarte las manos a la cabeza y exclamar sorprendido cómo ha podido decir eso, un inconsciente opinador que, para más inri, trabaja en medios de comunicación de masas.

Es tal la abominación que ni merece la pena repetirla, ni mucho menos significar al locutor, porque sería tanto como darle carta de naturaleza. Mire usted, el rigor, el prestigio, la credibilidad, se ganan con años de estudio y de ejercicio médico como para reírle la gracia u ocurrencia a tamaño profano.

Tampoco es baladí la confusión que sus conclusiones generan en los pacientes afectados, ni en la sociedad concienciada y confiada a sus profesionales. Es un ejercicio de irresponsabilidad por parte de este comunicador de masas hacerse eco de un bulo suficientemente desmentido.

Al difundirlo y postularse como defensor de la teoría cae en los mismos vicios que el investigador que lo creó. No se le puede enjuiciar como médico, porque no lo es, si bien la OMC actuó diligentemente y respondió con contundencia a estas opiniones.

Cabría esperar más responsabilidad por parte de comunicadores, conocedores de que sus opiniones pudieran ser tomadas por el gran público como dogma de fe, máxime cuando su fuente, como es el caso que nos ocupa, es un investigadorcuestionado, denostado y desmentido por toda la comunidad científica.

Alfonso Vidal
Jefe Unidad del Dolor Hospital Quirónsalud Sur de Alcorcón


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