La presencia de necrosis en músculos papilares tras un infarto aumenta el riesgo de muerte

La resonancia magnética cardiaca permite una caracterización completa del daño estructural asociado al infarto de miocardio

José Gavara y Vicente Bodí, junto a otros investigadores del Grupo de Investigación Traslacional en Cardiopatía Isquémica. (Foto: INCLIVA)
José Gavara y Vicente Bodí, junto a otros investigadores del Grupo de Investigación Traslacional en Cardiopatía Isquémica. (Foto: INCLIVA)
CS
16 enero 2024 | 09:30 h

Los pacientes con infarto agudo de miocardio que presentan cierto grado de necrosis (muerte del tejido) en los músculos papilares del ventrículo izquierdo, detectado mediante resonancia magnética cardiaca, (RMC) tienen una mayor probabilidad de muerte, aparición de arritmias e insuficiencia cardíaca a largo plazo. Así concluye un estudio en el que ha participado el Instituto de Investigación Sanitaria INCLIVA, del Hospital Clínico Universitario de València.

La cardiopatía isquémica engloba un conjunto de patologías caracterizadas por un aporte insuficiente de oxígeno al corazón en relación a la demanda. Consiste en la oclusión súbita de una arteria coronaria, habitualmente por un coágulo, y es una patología con elevada incidencia en los países occidentales. Tras un infarto, entre un 15% y un 40% de quienes lo padecen, presentan algún grado de necrosis de los músculos papilares del ventrículo izquierdo del corazón.

A corto plazo (1 año), el hecho de presentar necrosis en esta zona se ha asociado con un aumento en la aparición de eventos cardiovasculares adversos como la muerte o la insuficiencia cardíaca. Sin embargo, no está claro si este efecto negativo persiste a más largo plazo y no se han determinado los mecanismos que llevan a estas tasas de eventos.

En el citado estudio multicéntrico participaron 1.055 pacientes con un primer infarto agudo de miocardio provenientes del Hospital Clínico Universitario de València y los Hospitales Clínic y Valld’Hebron de Barcelona, a partir de un registro colaborativo entre los tres hospitales desde hace más de 5 años. A estos pacientes se les realizó una resonancia magnética cardiaca una semana después del infarto y se realizó un seguimiento medio de su evolución clínica de 6,5±4,4 años.

Función contráctil más deprimida y un mayor tamaño de infarto en el ventrículo izquierdo

El uso de las imágenes de resonancia magnética, la técnica de elección para valorar el daño cardiaco tras un infarto, fue decisivo para identificar y caracterizar la magnitud del daño en los músculos papilares. En 351 pacientes (33%) se observó la presencia de necrosis en el músculo papilar (que aparece como una zona de retención de contraste en dichos músculos, en la zona de inserción de la válvula mitral en las paredes del ventrículo izquierdo).

Los pacientes en los que se detectó este hallazgo presentaron una función contráctil más deprimida y un mayor tamaño de infarto en el ventrículo izquierdo. Asimismo, la existencia de daño en el músculo papilar se asociaba con una mayor tasa de mortalidad cardiovascular y de insuficiencia cardiaca. De manera interesante se identificó una mayor incidencia de arritmias graves en los pacientes en los que se detectó este hallazgo.

El estudio ha sido liderado por el Dr. Robin Nijveldt, del Hospital Universitario Radboud de Nimega (Países Bajos), y se ha publicado recientemente en 'JACC Cardiovascular Imaging'. En él han participado los doctores Vicente Bodí, jefe de sección del Servicio de Cardiología del Hospital Clínico Universitario de València, coordinador del Grupo de Investigación Traslacional en Cardiopatía Isquémica de INCLIVA e investigador del Centro de Investigación Biomédica en Red en Enfermedades Cardiovasculares (CIBERCV), del Instituto de Salud Carlos III; José Gavara, del Centro de Biomateriales e Ingeniería Tisular de la Universitat Politècnica de València (UPV); y los doctores José Fernando Rodríguez-Palomares, del Hospital Valld´Hebron de Barcelona y CIBERCV, y José Ortiz, del Hospital Clínic de Barcelona.

Asimismo, el proyecto ha sido financiado gracias al Instituto de Salud Carlos III, a CIBERCV, a los Fondos de Desarrollo Regional (FEDER)y a la Generalitat Valenciana en el marco de un programa PROMETEO para grupos de investigación de excelencia de la Comunitat Valenciana.

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